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  • 2013-04-27

  • 2013-01-09

    No sé si son mis ganas de amar, o tu mirada al recorrer mi cuerpo, como si en él se escondieran los tesoros de Cortés. Las palabras no me bastan cuando tus labios se encuentran muy cerca de los míos, porque mis suspiros están reservados para tus besos, los más dulces. Contigo a mi lado me siento en casa, como la sonrisa más honesta, como el secreto mejor guardado, como cada deseo de cumpleaños, como la mañana en Navidad. No sé si eres tú, no sé si es el momento, pero los gritos retumban en las esquinas de mi interior: gritos mudos, gritos sordos, gritos que en silencio me dicen más de lo que he leído sobre el desfortunio y el vigor. Dime que no es amor: ese que todos dicen que termina y deja cicatriz. El embajador de la locura, juez de la insensatez y patrón del descontrol, dile que no llegue aquí, contigo y sin mí. Dile que la felicidad nos abunda en su ausencia, y que sin él hemos creado los momentos más perfectos. Díselo sin palabras, echando un vistazo a su alma, descubriendo que no tiene alguna, y que todo lo que queda somos tú, yo y el susurro del viento, que trae las buenas, las malas y las inefables nuevas. No le des tu atención, que es sólo una quimera, y esas son laberintos que cautivan a los corazones que advierten. Vuelve a la cama y abrázame fuerte, no te olvides de cerrar la ventana.

    No sé si son mis ganas de amar, o tu mirada al recorrer mi cuerpo, como si en él se escondieran los tesoros de Cortés. Las palabras no me bastan cuando tus labios se encuentran muy cerca de los míos, porque mis suspiros están reservados para tus besos, los más dulces. Contigo a mi lado me siento en casa, como la sonrisa más honesta, como el secreto mejor guardado, como cada deseo de cumpleaños, como la mañana en Navidad. No sé si eres tú, no sé si es el momento, pero los gritos retumban en las esquinas de mi interior: gritos mudos, gritos sordos, gritos que en silencio me dicen más de lo que he leído sobre el desfortunio y el vigor. Dime que no es amor: ese que todos dicen que termina y deja cicatriz. El embajador de la locura, juez de la insensatez y patrón del descontrol, dile que no llegue aquí, contigo y sin mí. Dile que la felicidad nos abunda en su ausencia, y que sin él hemos creado los momentos más perfectos. Díselo sin palabras, echando un vistazo a su alma, descubriendo que no tiene alguna, y que todo lo que queda somos tú, yo y el susurro del viento, que trae las buenas, las malas y las inefables nuevas. No le des tu atención, que es sólo una quimera, y esas son laberintos que cautivan a los corazones que advierten. Vuelve a la cama y abrázame fuerte, no te olvides de cerrar la ventana.

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    He perdido la cuenta de cuántas veces he renunciado a mi orgullo. Al final, nunca me ha servido para mucho, aunque he caminado bastante con él. Siempre me lleva de la mano, me mantiene la cabeza en alto, lo más alto, tan alto que sólo veo la Luna, la misma que dijiste que nunca me dedicarías. Si te preguntas cuándo vi algo en ti, fue desde aquella tarde de 1969. Si te preguntas cuándo dejé de verte a ti, y vi a quien fuiste conmigo, fue desde aquella Noche en la Ópera. El instante duró lo que cada flor, y aunque marchitas, eclipsan la luz del día, pues en ellas se conserva la eternidad de cada sonrisa. Eso es lo único que nos queda ahora, la eternidad que nos brindó la alegría. Nadie merecía mis palabras hasta que llegaste tú. Nadie merecía mi orgullo hasta que decidiste irte. Te repetí que te quedaras, pero al parecer ya ni mis palabras, lo único que tengo, tenían fuerzas. No tan sólo se cerró la ventana, pero también cada puerta.